Todo vuelve. Incluso los lunes por la mañana.

Veni, vidi, vinci. Al estilo Julio César ha salido Nadal de la tierra (ahora sí, roja) del coliseo romano donde se ha disputado el último Masters 1000. Cierto es que durante esta semana prácticamente nadie ha osado disputarle un sólo set al bueno de Rafa; un Rafa que, ahora sí, parece que le están respetando las ya frecuentes lesiones de rodilla, isquios, abdominal, etc.

La final, ante todo pronóstico, se disputó un lunes. La lluvia hizo acto de presencia durante todo el domingo y no hubo más bemoles (como dirian algunos) que trasladarla al lunes. Un problema que se repite con demasiada insistencia y que no beneficia a absolutamente nadie. Es necesario, por tanto, plantearse ya la manera de no fastidiar a aficionados, organizadores, realizadores, marcas comerciales y demás en estos momentos donde la confianza de los que manejan el dinero es más que necesaria para estos eventos.

Durante la mañana del lunes, al otro lado del anfiteatro estaba el de siempre; o mejor dicho, el de últimamente. Djokovic estuvo cerca de ganar el torneo, pero alguna decisión equivocada del árbitro en la final y la exigencia de Rafa le privaron de llevarse otro título de Masters 1000. Los medios españoles ya se han dado en prisa en decir que también hay crisis en el tenis serbio, ya que los resultados de Nole no han sido los esperados  en Montecarlo, Madrid y Roma. En todos ellos se vuelve a ver al Djokovic de antaño, aquél que rompía raquetas, que se desesperaba por un mal bote, o que discutía repetidamente con el árbitro. Si bien en Montecarlo la muerte de su abuelo hizo mella en él, en Madrid acusó a la tierra androide como clara razón de su mal juego y en Roma se ha hablado más de su cambio de contrato con Sergio Tacchini que de otra cosa. Los amantes del buen tenis sólo esperamos que haga como Rafa el año pasado y que tenga en cuenta que la perseverancia es la virtud por la cuál todas las otras virtudes dan su fruto; pero que sobre todo, sobre todo, no intente elevar la anécdota a categoría.

Por Fran Arnau (@FranRF16)

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